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La del Beto y la Laura

Cuando me enteré lo del Beto no lo podía creer. La Laura, su esposa, le había volado la cabeza de un tiro. Yo estaba laburando y me cagaba de risa de un mormón que se había pegado un palo terrible con la bici, cuando el Darío llamó para contarme, tarde un rato largo en caer.

Resulta que el Beto y la Laura se habían casado hace poco, ella tenía un pibito, el Adriancito, fruto de un día de la primavera adolescente. El Beto, con suerte, la había puesto dos veces antes de casarse. Se pusieron de novios y boludearon unos meses hasta irse a vivir juntos, al poco tiempo, decidieron poner la firma, pasar por el civil y hacer una juntada.

El festejo fue medio humildón, sólo familiares y algunos amigos cercanos en un centro vecinal, si bien la Laura hubiera querido algo con más brillo, la falta de plata limitó el vuelo de la fiesta. Después de un fin de semana en las sierras, el Beto y la Laura, ya eran oficialmente marido y mujer.

Desde que se casaron hasta que me llamó el Darío, contándome la mala nueva, pasaron casi tres meses. Nos habíamos visto pocas veces, ellos por ahí nos invitaban a comer unas pizzas o tomar un porrón, pero nosotros seguíamos en la joda y no teníamos los mismos horarios. A las doce de la noche, ellos ya estaban prácticamente terminando el día y para nosotros recién largaba la maratón.

Así fue que nos vimos poco, el Beto laburaba del mediodía a las nueve de la noche y la Laura tenía un currito a la mañana en un kiosco del centro. Así lograban que el Beto se quede con el Adriancito por la mañana y la Laura se encargara de la casa, cuando el pibe estaba en la escuela, por la tarde.

- ¿Qué carajo pasó? - le pregunté al Darío, mientras me lo imaginaba al Beto tirado en la cama, enroscado con alguna pendeja y a la Laurita picándole el boleto. Los que la conocíamos desde hace un tiempo, sabíamos que se le salía la cadena fácil, pero no hasta el punto de meterle un balazo.

- La Laurita lo encontró manoseándole el pibe. - fue lo que me respondió el Darío. Me quede callado un rato largo. No entendía nada. - ¿El Beto al Adriancito? - le pregunte al Darío y me pregunte a mi mismo. No podía ni siquiera (ni quería) imaginarlo.

Me fui hasta la casa donde vivían y la policía no dejaba pasar a nadie, a la Laura y al Adriancito se los había llevado la cana. La cuadra era un quilombo, policías y cámaras por todos lados. Los canales de televisión empezaron a mostrar una foto del Beto y en un ratito ya se había ganado el titulo de “Hijo de puta nacional de turno”. Con ese lauro, el Beto fue  explotado por los medios de comunicación por unos dos o tres días, y cuando la noticia fue estrujada al máximo y ya no sabían que mostrar, desviaron la atención a otra cosa y unos días después todos se olvidaron.

El velorio del Beto fue un quilombo, con los pibes fuimos y un montón de organizaciones de derechos humanos, derechos del niño y unos ambientalistas, (¿Qué carajo hacían los ambientalistas?) nos cagaron a huevazos. Pero yo tenía que ir. No sabía en realidad si todo lo que se dijo fue verdad.

La Laurita fue en cana, al poco tiempo la soltaron, la gente y la presión mediática de la “pobre mujer”, por suerte, agilizaron las cosas.
Así, de esta forma, nadie se dio cuenta que nos sacamos al Beto de encima y con la Laura pudimos empezar a salir juntos.

(Texto escrito hace varios años, creo que ya cambié mi forma de escribir y de puntuar, pero me parece correcto dejarlo así como estaba).

Alta Gracia

-No veo ni mierda.- Me dijo el Ale y cerró rápido la ventanilla. -Esto se fue todo al carajo. No es hora para laburar. No es hora para laburar.- Repetía cada tres segundos y a mi se me partía la cabeza.

Ni bien avistamos la rotonda pudimos darnos cuenta que algo no había ido bien.

El Peugeot 504 azul de la Luli no estaba. Ahí nos tenían que esperar, con la excusa de un supuesto desperfecto del auto, ella (la Luli) y una amiga, que se iban a encontrar con Pablo y Carlos, y de esta manera se escondían en el lugar más visible del pueblo, devenido en ciudad desde hace unos años.

Nadie iba a desconfiar de dos parejitas en una ruta plagada de moteles y la policía iba a pasar por ahí muy rápido, como para detener la vista más de un segundo en dos chicas y un chico que habían sacado sus reposeras del valijero del auto y se sentaban a esperar -como esperan las señoras hasta que abra la verdulería- la llegada de una supuesta grúa. Pablo se quedaba acostado en el asiento trasero del coche, por si se pudría la cosa y había que reventar de un escopetazo a los canas.

En vez de detenernos en la estación de servicio, donde teníamos que esperar que pasen los patrulleros, seguimos hasta la rotonda y dimos la vuelta, sin ninguna señal del resto de nosotros, volviendo por donde vinimos, para esta vez sí parar en la cafetería de la estación.

El asunto era simple y tenía poco margen de error, Pablo y Carlos iban a entrar a la casa del viejo, la Luli había trabajado ahí hace unos meses y todavía tenía una copia de la llave. El tipo no iba a ser ninguna molestia, se lo reducía rápido y no tenia fuerza como para ofrecer resistencia. El hipotético problema lo podía llegar a presentar su nieto, pero siendo domingo por la mañana, las probabilidades de que el pendejo con más plata del lugar, este pasado de alcohol junto a una minita de turno, eran altísimas.

Una vez controlada la situación, había que hacer un poco de lío, atarlos y pegarles un rato hasta que el viejo afloje y cante donde guardaba la guita. Hace un tiempo había vendido un par de cuadros por mucha plata y aunque su nieto había estado gastando más de lo normal, la suma tenía que ser alta. Con la plata ya en los bolsos, había que poner la radio al palo, salir de la casa y llamar anónimamente a la cana. Con esto lográbamos que todos los policías de la zona vayan hasta el lugar, dejando las rutas libres, mientras tanto hablábamos desde el auto con los policías, con la misma radio de fondo simulando así una toma de rehenes, 40 kilómetros hasta llegar a Córdoba.

Podíamos hacer esto sin tanto quilombo, pero la caminera estaba muy rompebolas e íbamos a llevar mucha guita. Esta era la única forma de dejar limpito el camino.

Ni bien nos sentamos en el barcito de la estación, vimos a doscientos metros como apareció el Peugeot y se tiro a la banquina, se bajaron del auto y sacaron las reposeras a una velocidad alevosa cuando de fondo empezamos a sentir las sirenas de los cinco patrulleros que pasaron al palazo, en fila india por la ruta, y llegaron a la rotonda casi sin darse cuenta del auto estacionado.

Subimos a la grúa y salimos despacito para la rotonda. Al llegar la Luli me dijo: -Ya deben estar allá. ¿Hablo ahora?- A lo que le respondí que mejor lo hacia yo, que iba a ser mas creíble la voz de un hombre, me fulminó con la mirada pero lo mismo me pasó el teléfono. Mientras enganchaban el auto a la grúa, hable con la cana y para decirles que si no despejaban la zona, quemaba al viejo y toda la casa. La mentira de la toma de rehenes ya estaba instaurada.

A los diez minutos, empezaron a desfilar por la rotonda patrulleros de todas las zonas vecinas. Pedimos un taxi por teléfono al cual se subieron Carlos, Pablo, la Luli y su amiga, dejando toda la guita en el baúl del Peugeot que remolcábamos con el Ale, llegado el caso, nadie iba a revisar el auto que iba a estar colgado de la grúa. Ellos iban adelante marcando el rumbo y en diez kilómetros nos cruzamos con dos patrulleros rezagados que iban para el pueblo.

De repente en el taxi se vieron un par de fogonazos y el auto se detuvo, el Ale se cagó todo -¿Que carajo pasó?- me dijo, saqué el chumbo de mi bolsillo izquierdo, lo obligue a bajar rápido y le volé la cabeza. El taxista se bajo, abrió el baúl y lo metimos al Ale adentro. Escondimos un poco el auto, subimos a la grúa y nos fuimos despacito por la ruta siguiendo la farsa de la toma de rehenes por teléfono. Todo salió como lo habíamos planeado, fue una lástima que las autopsias den que la Luli estaba embarazada, hacía mucho que veníamos buscando un pibe y no teníamos suerte.

Una de Putas

De un día para otro, todos los pibes del barrio empezaron a hablar de la Mary. Nunca había prestado mucha atención a esa puerta casi olvidada al fondo del pasillito de no más de un metro de largo. Alguna que otra vez me había servido para esconderme jugando a las escondidas pero siempre estaba ajeno o no le daba importancia al porque todos los viejos del club de bochas, que quedaba a mitad de cuadra, se peleaban por entrar cuando el día pasaba del naranja al negro y todos se transformaban en sombras. Y ahora que lo pienso bien, explica el interminable ruido de motores estacionando y retumbando en mi ventana, desde donde se podía observar todo el desfile, hasta que la anterior metáfora del día y la noche se invertía, y esta vez, el negro daba paso al azul para terminar en el amarillo luminoso de la mañana. A esa hora mas o menos, la ventanita de la puerta de la Mary se cerraba, la opaca luz amarilla se apagaba y no se veía entrar ni salir a nadie, salvo a ella, que a veces salía con la bolsa de las compras rumbo a la feria.

A la Mary casi no se la veía de día y cuando lo hacía teníamos que parar la pelota y esperar a que pase, como hacíamos con los otros vecinos para no pegarle un fulbazo. Nadie hasta ese día había pronunciado algo sobre ella, ni se había percatado de mirarla mucho hasta que el Nahuel me dijo: “Mirá el culazo que tiene”. En ese momento exacto un granito de testosterona te sube al cerebro y se queda estacionado ahí para (desde ese instante y hasta el final de tus días) alterar todas las miradas y ponerlas bajo la extraña lupa que te hace ver a las mujeres de otra forma muy distinta de como uno ve a su propia madre.

Desde esa misma tarde, la forma de pensar se contagió como un cáncer y no se hablaba de otra cosa que la Mary y las cosas que te hacía. Las escondidas y la mancha poco a poco fueron quedando olvidadas y nos empezamos a juntar en el pool del club a observar, envidiar y adivinar cual de los veinte timberos de turno iba a ser el primero en levantarse y con la boina, casi tapándole los ojos, enfilar para la caja, pagar el ‘bermú’ e ir a darse un buen chapuzón en el colchón de la casa del frente.

Dos cosas pasaron, los viejos del club adivinaron nuestras intenciones y no dejaban de decirnos algo sobre la Mary cada vez que nos pasaban cerca. Y por otro lado, nuestras madres también las adivinaron y empezaron a imponernos horarios de vuelta, lugares a donde no podíamos ir y condiciones prohibitivas sin sentido como “Con fulanito no quiero que te juntes”.

Un sábado caluroso y a eso de las 11 de la noche, llegó el Nico al club diciendo que el padre le había regalado veinte pesos y cuando se los dió, había cambiado el tan común “Cuidalos”, que siempre te decían los padres cuando te daban plata, por un firme “Cuidate boludo”. De un segundo a otro estábamos todos alterados y ya palpitábamos la primer puesta en escena del Nico. Paso un rato largo hasta que se envalentonó y entre los pibes debatíamos si se tenía que poner un forro o dos. Tengo que decir que cuando nuestro amigo salió del club con rumbo a la famosa puertita, todos lo veíamos como un héroe, caminando a la velocidad que caminan los astronautas en la superficie de la luna.

Creo que el Nico no estuvo más de cinco minutos ahí adentro y según él, fueron los veinte pesos mejores gastados desde aquella vez que compró la pelota del Mundial de Italia 90’. Salió con una sonrisa indisimulable y con un pucho en la mano, que le había convidado la Mary y que desde la casa de ella al club nunca pitó y llego apagado. No creo que sea necesario relatar todo lo que contó el Nico de aquella noche, que si bien duró menos de cinco minutos, su historia se extendió por más de dos horas.

Con el correr de los días y las noches, uno a uno los pibes se fueron cruzando y las historias se multiplicaron, ya eran casi todos “hombres” por así decirlo. Sólo quedaba yo, virgen como un TDK de sesenta minutos, todavía envuelto en su cajita. Con el viejo pretexto de no pagar por sexo y hacerlo, recién, cuando esté enamorado; veía todas las noches a la Mary desde la ventana de mi habitación, hacer pasar a un cliente tras otro, y a más de uno de mis amigos, que iban por un bis.

Yo le había agarrado un cariño especial a la Mary y me gustaba más verla de día, vestida como una mujer normal, con su vestido de flores grandes y la bolsa de las compras que llevaba siempre sonriendo, todos agachaban la cabeza cuando ella pasaba, pero yo podía seguir mirándola sin ningún pudor y creo pensar que ella sabía que yo era el único que todavía no la había ido a visitar y por eso me sonreía de manera cómplice. Yo poco a poco me estaba enamorando y sabía que cerca estaba el día en que iba a encontrarme con mi gran amor.

Algo pasó y la cuadra se alborotó, la puertita no se abrió por un par de días y se corrió la bola que la Mary se había pegado un bicho raro, “el mismo que Freddy Mercury” decían, yo no tenía ni la más puta idea de quien era ese y recién me enteré a los pocos días cuando pasaron por la tele un tributo al reciente cantante fallecido. La Mary no se salvo y corrió con la misma suerte, algo la fulminó de un día para otro.

La puerta se abrió, y un par de parientes desconocidos le ventilaron toda la casa, pintaron las paredes de afuera y rápido pusieron un cartel de chapa sobre la ventana, en el que se podía leer claramente “Kiosco La Mary”.

Un tiempo después me tocó jugar en primera con una amiga del Nahuel. Lejos estuvo de ser el partido soñado que había imaginado para el gran debut. Me di cuenta que por haber dilatado ese momento con aquella de “Señora de la noche”, no me permitiría nunca decirle “Puta”, termine debutando sin poner un peso pero con algo muy lejano a mi primer amor.