-No veo ni mierda.- Me dijo el Ale y cerró rápido la ventanilla. -Esto se fue todo al carajo. No es hora para laburar. No es hora para laburar.- Repetía cada tres segundos y a mi se me partía la cabeza.
Ni bien avistamos la rotonda pudimos darnos cuenta que algo no había ido bien.
El Peugeot 504 azul de la Luli no estaba. Ahí nos tenían que esperar, con la excusa de un supuesto desperfecto del auto, ella (la Luli) y una amiga, que se iban a encontrar con Pablo y Carlos, y de esta manera se escondían en el lugar más visible del pueblo, devenido en ciudad desde hace unos años.
Nadie iba a desconfiar de dos parejitas en una ruta plagada de moteles y la policía iba a pasar por ahí muy rápido, como para detener la vista más de un segundo en dos chicas y un chico que habían sacado sus reposeras del valijero del auto y se sentaban a esperar -como esperan las señoras hasta que abra la verdulería- la llegada de una supuesta grúa. Pablo se quedaba acostado en el asiento trasero del coche, por si se pudría la cosa y había que reventar de un escopetazo a los canas.
En vez de detenernos en la estación de servicio, donde teníamos que esperar que pasen los patrulleros, seguimos hasta la rotonda y dimos la vuelta, sin ninguna señal del resto de nosotros, volviendo por donde vinimos, para esta vez sí parar en la cafetería de la estación.
El asunto era simple y tenía poco margen de error, Pablo y Carlos iban a entrar a la casa del viejo, la Luli había trabajado ahí hace unos meses y todavía tenía una copia de la llave. El tipo no iba a ser ninguna molestia, se lo reducía rápido y no tenia fuerza como para ofrecer resistencia. El hipotético problema lo podía llegar a presentar su nieto, pero siendo domingo por la mañana, las probabilidades de que el pendejo con más plata del lugar, este pasado de alcohol junto a una minita de turno, eran altísimas.
Una vez controlada la situación, había que hacer un poco de lío, atarlos y pegarles un rato hasta que el viejo afloje y cante donde guardaba la guita. Hace un tiempo había vendido un par de cuadros por mucha plata y aunque su nieto había estado gastando más de lo normal, la suma tenía que ser alta. Con la plata ya en los bolsos, había que poner la radio al palo, salir de la casa y llamar anónimamente a la cana. Con esto lográbamos que todos los policías de la zona vayan hasta el lugar, dejando las rutas libres, mientras tanto hablábamos desde el auto con los policías, con la misma radio de fondo simulando así una toma de rehenes, 40 kilómetros hasta llegar a Córdoba.
Podíamos hacer esto sin tanto quilombo, pero la caminera estaba muy rompebolas e íbamos a llevar mucha guita. Esta era la única forma de dejar limpito el camino.
Ni bien nos sentamos en el barcito de la estación, vimos a doscientos metros como apareció el Peugeot y se tiro a la banquina, se bajaron del auto y sacaron las reposeras a una velocidad alevosa cuando de fondo empezamos a sentir las sirenas de los cinco patrulleros que pasaron al palazo, en fila india por la ruta, y llegaron a la rotonda casi sin darse cuenta del auto estacionado.
Subimos a la grúa y salimos despacito para la rotonda. Al llegar la Luli me dijo: -Ya deben estar allá. ¿Hablo ahora?- A lo que le respondí que mejor lo hacia yo, que iba a ser mas creíble la voz de un hombre, me fulminó con la mirada pero lo mismo me pasó el teléfono. Mientras enganchaban el auto a la grúa, hable con la cana y para decirles que si no despejaban la zona, quemaba al viejo y toda la casa. La mentira de la toma de rehenes ya estaba instaurada.
A los diez minutos, empezaron a desfilar por la rotonda patrulleros de todas las zonas vecinas. Pedimos un taxi por teléfono al cual se subieron Carlos, Pablo, la Luli y su amiga, dejando toda la guita en el baúl del Peugeot que remolcábamos con el Ale, llegado el caso, nadie iba a revisar el auto que iba a estar colgado de la grúa. Ellos iban adelante marcando el rumbo y en diez kilómetros nos cruzamos con dos patrulleros rezagados que iban para el pueblo.
De repente en el taxi se vieron un par de fogonazos y el auto se detuvo, el Ale se cagó todo -¿Que carajo pasó?- me dijo, saqué el chumbo de mi bolsillo izquierdo, lo obligue a bajar rápido y le volé la cabeza. El taxista se bajo, abrió el baúl y lo metimos al Ale adentro. Escondimos un poco el auto, subimos a la grúa y nos fuimos despacito por la ruta siguiendo la farsa de la toma de rehenes por teléfono. Todo salió como lo habíamos planeado, fue una lástima que las autopsias den que la Luli estaba embarazada, hacía mucho que veníamos buscando un pibe y no teníamos suerte.
